GUÍA PARA ENTENDER LAS GUÍAS DE VINOSEduardo Brethauer
www.brethauer.cl
Hombros estrechos. Cuello largo. Poto plano. Las botellas, a pesar de que hacen lo imposible por diferenciarse, por marcar un estilo, lucen como un pelotón. El consumidor pasa revista. Observa sus credenciales. Les toma el peso. Mide con el índice la profundidad de su picada. Las ausculta. Y, finalmente, queda en ascuas.
Desconcertado. Sin un diagnóstico preciso. Un sommelier (o a veces una promotora) ofrece auxilio. El cliente, quien prefiere no pasar por despistado, y menos en un lugar público, rechaza la asesoría y toma una botella cualquiera, generalmente una de un precio mayor a lo presupuestado, y se marcha presuroso con su carro, sin volver la vista atrás.
Con la sobreoferta de vinos, y la aparición constante de nuevas marcas, la decisión de compra es cada vez más complicada. La información en las etiquetas es profusa (y confusa). Cepas. Años. Grados. Denominaciones. Y una descripción que no es ni técnica ni poética, sino suena como un puñado de frases hechas que puede vestir a un vino pituco como al más vil de los varietales. Y ahí, como una Biblia de neón, aparecen las guías de vinos. Con sus puntajes y/o símbolos de calidad, sugieren qué botella o camino debemos tomar, invitándonos a realizar un verdadero acto de fe.
Pero, como las etiquetas de los vinos, las guías también pueden ser un zapato chino. Muchas de ellas utilizan un lenguaje incomprensible para el lector común. Hablan de taninos, piracinas, estructuras, notas orgánicas. O llenan las páginas de extraños jeroglíficos que invitan a comprar otra guía para poder descifrarlos. El exceso de datos dificulta la comprensión. Con tantos símbolos y categorías, con tanta letra chica, pareciera que estuviéramos ante nuestro plan de salud. Sólo nos damos cuenta del precio de las prestaciones cuando ya estamos en una camilla.
Las guías de vinos, al menos para mí, se pueden dividir en dos grandes grupos:
1. Las guías personales, donde un crítico (ojalá con paladar, rostro y firma) describe y califica los vinos bajo su criterio, conocimiento, experiencia y gusto. Bajo su responsabilidad. Este tipo de guías sublima el poder de la subjetividad. Es EL punto de vista del autor. Como con un crítico de cine, el lector puede estar de acuerdo o no con él. Es inevitable pagar el noviciado y atreverse a comprar una botella altamente recomendada. Puede ser una experiencia terrorífica, o bien, el comienzo de un largo romance.
2. Las guías colectivas, donde los jueces están representadas por un conjunto de expertos (periodistas, enólogos, sommeliers, consumidores avezados). En comisiones o paneles, al igual que en los concursos, los vinos se evalúan y las calificaciones son la suma o un promedio de todas esas sensibilidades. En este caso, los autores persiguen el siempre inasible ideal de objetividad.
Ambos tipos de guías tienen sus ventajas y desventajas. Las guías personales son más taxativas. Es la opinión de una persona que busca empatizar con el público y compartir sus obsesiones. Lo que el público debe exigir es honestidad y consistencia. Que sus criterios se mantengan en el tiempo. En el caso de las guías colectivas, aunque cubran sus resultados con un velo más científico, el tema de la consistencia es un desafío permanente. Muchas veces la evaluación de un vino depende de la comisión donde caiga y dichas comisiones, en ciertos casos, van cambiando todos los años. Por otro lado, en este tipo de evaluaciones los vinos más jugados, más polémicos, quedan a la deriva. Como es un promedio de las distintas calificaciones de los jueces, donde muchas veces se eliminan los puntajes más altos y bajos (la famosa regla de la desviación estándar), los mejores vinos son fruto de un consenso donde se privilegia la corrección antes que el atrevimiento.
MUJER & VINO
¿Las mujeres catan mejor que los hombres? ¿O acaso catan distintos? En la industria del vino reza la máxima que las consumidoras los prefieren más dulces y suaves. Creo que no. En el caso de la periodista especializada Ana María Barahona esta sentencia no se puede aplicar. Sus gustos se pasean por golosos y suaves mezclas tintas, pero también por rudos y más ácidos Carignan. La periodista tiene sus preferencias. También sus sentimientos. Y no los oculta. En una larga presentación, la autora agradece a su equipo, amigos y familia, abriendo su corazón de par en par, sin dobleces ni pudores: “Para Maximiliano, mi hijo. Porque sigue sonriente, feliz y tan absolutamente cariñoso a pesar que su mamá le quita horas de compañía para escribir notas de cata. Para ti, mi bebé, mi malulo, mi niño amado… Nunca podría haber soñado un mejor hijo. Lo eres todo”.
Sin duda, Barahona cata con algo más que los clásicos cinco o seis sentidos. Cata con el corazón. Es decir, sus puntajes tienen razones que la razón podría no entender.
Sin embargo, además de agradecimientos, la presentación es una suerte desahogo y revancha. En rigor, ésta es la quinta edición de la autora, pero, como ella misma dice, le robaron la marca para después intentar vendérsela. En otras palabras, esta guía se reinventa. Con otro tono. Otro diseño (más sobrio, sin esas indecisas marcas de lápiz labial de su primera entrega). Y con otra metodología. Barahona ahora se lanza sola y expone sus conocimientos y gustos sin la compañía de otras mujeres en el panel. Como la trama de gotas o lágrimas que a veces dificulta su lectura, la periodista no se guarda nada: “Me comí la rabia, y decidimos crear una nueva marca, sacudirnos el desprecio y aquí ven la primera Guía Mujer & Vino de Ana María Barahona…”.
Los vinos catados fueron 1.022, correspondientes a 120 viñas chilenas. Sin embargo, de esas botellas, la guía sólo recomienda 544, aquellos que obtuvieron sobre 86 puntos. Los vinos no están ordenados por cepas ni por viñas, sino por categorías (blancos simples, blancos complejos, tintos simples, tintos complejos, premiums, íconos, rosados / espumosos / late harvest, mezclas blancas y tintas). Los mejores puntajes, además de una nota de cata, van acompañados con didáctica y despeinada armonía gastronómica del sommelier y coordinador de esta guía Ricardo Grellet. Es una publicación honesta, cercana y muy fácil de seguir.
LA CAV
La Cav: Guía de Vinos 2010 es una recopilación de los vinos degustados por la mesa de cata de la revista del mismo nombre. Esta publicación, en la solapa (pero no solapadamente) expone las razones de por qué los consumidores deben preferirla sobre otras. Entre otras consideraciones, “porque compramos todos los vinos en el mercado, lo mismo que un consumidor promedio. No aceptamos muestras de viñas”. O “porque catamos tranquilamente y durante todo el año y no en sesiones intensivas y estresantes en un par de meses”. O “porque los distintos criterios de nuestros catadores son equivalentes a los distintos gustos de los consumidores”
Estas afirmaciones son, por decir lo menos, discutibles e incluso algo contradictorias.
Al decir que compran los vinos, se infiere que las viñas pueden enviar muestras adulteradas que no corresponden a las que los consumidores pueden encontrar en las estanterías del supermercado. Si bien esto puede pasar (y seguramente ha pasado), pone en tela de juicio la honestidad de la industria del vino, donde, paradójicamente, también está inserto este club de vinos que ya cumplió 12 años de existencia. Por otro lado, no necesariamente resulta mejor o más conveniente que los vinos hayan sido catados durante el año. Los vinos son entes vivos y evolucionan con el tiempo. Un vino catado en marzo no sabrá igual que el mismo catado a final de año. Las notas tienen fecha de defunción. Una guía, a mí parecer, debe ser una foto instantánea, tomada en un período acotado de tiempo, que permita comparar y situar los vinos donde corresponde. Por último, es una falacia decir que sus catadores son equivalentes a los distintos gustos de los consumidores. La mesa de cata está compuesta por la misma Ana María Barahona, editora de vinos de La Cav, Pascual Ibáñez, sommelier de la revista, y el reconocido enólogo Sergio Correa. Es decir, son paladares profesionales y con muchos años de circo. Buenos degustadores, quienes tienen la labor de guiar y no representar los gustos de los consumidores.
Fuera de estas aprensiones, la guía está bien escrita y en un lenguaje accesible. Son más de 1.000 vinos catados y dispuestos por cepajes. Además contempla informaciones como nuevas tendencias (Boom del Carignan: bastarda con gloria, Vinos de autor: el año de la independencia, entre otras), descripción general de los cepajes y consejos para realizar un buen maridaje. Lamentablemente, se echa de menos las sugerencias de Ibáñez. En lugar de describir una armonía entre vino y comida, en la guía se opta por poner símbolos como figurines de animales, empanadas que representan la cocina chilena, quesos o crustáceos. Y se dan los casos en que un mismo vino puede tener los símbolos de un chancho, una vaca, un cordero y un ciervo, obviando los cortes, preparaciones o salsas que son cruciales para una buena armonía. Y ni hablar de las distintas variedades de quesos, que pueden ser acompañadas por frescos y sonrientes sauvignon blanc, serios tintos o hasta por exuberantes vinos dulces. Como señalamos en la introducción, en ocasiones el exceso de información confunde y no orienta.
DESCORCHADOS
Con Descorchados 2010, la guía de vinos del periodista Patricio Tapia, volvemos a poner en relieve la paradoja de la objetividad. Esta publicación representa una cierta mirada del mundo del vino. Su mirada. Sus gustos. Y sus anhelos. Pero el autor no lo esconde, sino que lo exalta. “¿Es que de verdad existe un vino mejor”, se pregunta Tapia. Y se responde: “La verdad es que yo creo que no. Que lo mejor para mí no es necesariamente es lo mejor para ustedes, que las verdades absolutas no existen en el mundo y que apenas hay algunas certezas: este vino es defectuoso, este vino no responde a su origen, este vino está hecho por el ego del enólogo o del dueño de la bodega antes que respetando la naturaleza. Más allá de eso, todo se confunde entre la cálida y sustanciosa neblina de la subjetividad, la dictadura de la subjetividad, como la conocemos. En gustos no hay nada escrito. Es cierto. Los clichés generalmente son ciertos”.
Aún así, Tapia siempre intenta alejarse de los clichés para dar una opinión directa, original y muchas veces definitiva (quizás demasiado). Su lenguaje es coloquial (escribe como habla y tal vez por eso a veces no se le entiende), tutea al lector como si fuera un cómplice de su fechorías y envuelve su trabajo en un ambiente de camaradería y buena onda. Mientras Barahona se conecta con sus sentimientos, y cata los vinos en un ambiente intimista y de soledad, Tapia intenta tender puentes hacia el mundo y prepara una pequeña fiesta. Mientras cata, se ríe de los gruesos chistes del sommelier Héctor Riquelme, comparte pescados a la parrilla con su equipo y amigos, descubre nuevas notas en los vinos y sonidos como los de Silversun Pickups y Olivia Ruiz.
A diferencia de La Cav, Tapia cata los vinos en 3 intensas semanas. Esta vez, 1.107 vinos, de los cuales recomienda 744. Los vinos son descritos por viñas en orden alfabético. Para él, los vinos no tienen que ser perfectos (porque la perfección se confunde con el aburrimiento), sino tienen que poseer carácter, ser la expresión de un lugar, tener cosas que decir. Incluso acepta algunas cochinadas o, en lenguaje técnico, notas orgánicas, de establo o de donde ustedes imaginan. También hace un juicio crítico de la realidad de los distintos cepajes (a diferencia de otras variedades, escribe merlot con minúscula) e incorpora este año una novedosa sección con verticales (distintas cosechas de un mismo vino) de emblemas como Don Melchor de Concha y Toro o nuevas celebridades como Cipreses Sauvignon Blanc de Casa Marín. Son notables, además, los maridajes de Riquelme, quien se da el trabajo de elegir un plato diferente para cada uno de los vinos recomendados. Una siempre acertada y apetitosa sugerencia.
Sin embargo, ese espíritu fresco y natural, también distrae en la lectura. La guía es una abundante ensalada de errores de tipeo e incluso más de una falta ortográfica. Incluso se cometen errores como escribir que el extraordinario Chardonnay Sol de Sol pertenece a Emilio de Solminihac, propietario de viña Santa Mónica, y no de su sobrino Felipe de Solminihac, enólogo y socio de viña Aquitania (un lapsus que seguramente fue una bocanada de aire fresco para los tradicionales vinos del tío Emilio). O, refiriéndose a los vinos de Ribera del Lago, el proyecto personal del enólogo Rafael Tirado, sostiene que Colbún se ubica en los piedemontes andinos de Cachapoal y no del Maule. Sin embargo, al igual que los vinos destacados, estos detalles le confieren un particular carácter a la guía.
GUÍA DE VINOS DE CHILE
Podríamos decir que esta guía es la antítesis de Descorchados. Después de un año sabático, esta publicación vuelve con todo con una edición que celebra el bicentenario, haciendo, como nunca, gala de su imparcialidad y rigor. Su equipo de autores, conformado por las hermanas Francisca y María Sara Sánchez, y los hermanos Pablo y Rafael Prieto (sí, también son matrimonios), expresan en su introducción: “Nos motiva de manera esencial la objetividad”.
Para esto, y al igual que La Cav, compran todos los vinos en supermercados y tiendas especializadas, y son catados por un populoso jurado compuesto mayoritariamente por enólogos. La guía es ambiciosa, extensa y a veces un poco árida. Pierden demasiadas páginas explicitando su prístina metodología. Más que una guía, parece un tratado. Contempla numerosas secciones, como capítulos dedicados al desarrollo del vino en Chile y el mundo, hitos, tendencias, mapas con las ubicaciones de las viñas, caracterizaciones de valles y cepas, enoturismo, gastronomía, incluso una enciclopédica vuelta por las principales regiones vitivinícolas del mundo que no viene mucho al caso (podrían poner el link). Por otro lado, el carácter científico, riguroso y sobriedad de su edición, se contrapone con el tono colegial de las semblanzas de los enólogos premiados.
Sin embargo, aprovechando sus ya 15 ediciones y miles de vinos catados, ofrece un riquísimo material estadístico. Los amantes de los números, como yo, se pueden entretener interpretando sus numerosos cuadros y sacar interesantes conclusiones. Por ejemplo, hay un capítulo donde se extrapolan los resultados de las catas para establecer las mejores añadas para cada cepa. También se relacionan las variedades con los valles. Y salen a la luz aspectos que se manejan en el medio, pero con un sustento estadístico.
Por ejemplo, los valles más consistentes con el Cabernet Sauvignon son Maipo y Aconcagua. Con el Carmenère, Colchagua y Maipo. Con el Chardonnay, Limarí. O bien, que los más exitosos proveedores de vinos premium son Maipo y Colchagua.
A diferencia de otras guías, utiliza copas y no puntajes. “La calidad ha subido en forma sistemática y decidimos poner cinco copas (equivalentes a 95 y más puntos)”, anuncian los autores. Y paradójicamente entre los más de 1.400 vinos catados no hay uno solo con 5 copas. La Guía de Vinos de Chile es la más tradicional de estas publicaciones y, quizás por eso mismo, peca de soberbia y gula. Pretende abarcarlo todo, nos llena de símbolos y números, y nos repite una y otra vez que representa “una opinión más consensuada y enriquecida. No sólo es la mirada de un experto, sino la mirada y palabra de varios expertos”.
Dicen que la política de los grandes acuerdos ya es cosa del pasado, pero, en fin, son los consumidores (otrora el pueblo) los que aquí tienen la última palabra.
www.brethauer.cl
Hombros estrechos. Cuello largo. Poto plano. Las botellas, a pesar de que hacen lo imposible por diferenciarse, por marcar un estilo, lucen como un pelotón. El consumidor pasa revista. Observa sus credenciales. Les toma el peso. Mide con el índice la profundidad de su picada. Las ausculta. Y, finalmente, queda en ascuas.
Desconcertado. Sin un diagnóstico preciso. Un sommelier (o a veces una promotora) ofrece auxilio. El cliente, quien prefiere no pasar por despistado, y menos en un lugar público, rechaza la asesoría y toma una botella cualquiera, generalmente una de un precio mayor a lo presupuestado, y se marcha presuroso con su carro, sin volver la vista atrás.
Con la sobreoferta de vinos, y la aparición constante de nuevas marcas, la decisión de compra es cada vez más complicada. La información en las etiquetas es profusa (y confusa). Cepas. Años. Grados. Denominaciones. Y una descripción que no es ni técnica ni poética, sino suena como un puñado de frases hechas que puede vestir a un vino pituco como al más vil de los varietales. Y ahí, como una Biblia de neón, aparecen las guías de vinos. Con sus puntajes y/o símbolos de calidad, sugieren qué botella o camino debemos tomar, invitándonos a realizar un verdadero acto de fe.
Pero, como las etiquetas de los vinos, las guías también pueden ser un zapato chino. Muchas de ellas utilizan un lenguaje incomprensible para el lector común. Hablan de taninos, piracinas, estructuras, notas orgánicas. O llenan las páginas de extraños jeroglíficos que invitan a comprar otra guía para poder descifrarlos. El exceso de datos dificulta la comprensión. Con tantos símbolos y categorías, con tanta letra chica, pareciera que estuviéramos ante nuestro plan de salud. Sólo nos damos cuenta del precio de las prestaciones cuando ya estamos en una camilla.
Las guías de vinos, al menos para mí, se pueden dividir en dos grandes grupos:
1. Las guías personales, donde un crítico (ojalá con paladar, rostro y firma) describe y califica los vinos bajo su criterio, conocimiento, experiencia y gusto. Bajo su responsabilidad. Este tipo de guías sublima el poder de la subjetividad. Es EL punto de vista del autor. Como con un crítico de cine, el lector puede estar de acuerdo o no con él. Es inevitable pagar el noviciado y atreverse a comprar una botella altamente recomendada. Puede ser una experiencia terrorífica, o bien, el comienzo de un largo romance.
2. Las guías colectivas, donde los jueces están representadas por un conjunto de expertos (periodistas, enólogos, sommeliers, consumidores avezados). En comisiones o paneles, al igual que en los concursos, los vinos se evalúan y las calificaciones son la suma o un promedio de todas esas sensibilidades. En este caso, los autores persiguen el siempre inasible ideal de objetividad.
Ambos tipos de guías tienen sus ventajas y desventajas. Las guías personales son más taxativas. Es la opinión de una persona que busca empatizar con el público y compartir sus obsesiones. Lo que el público debe exigir es honestidad y consistencia. Que sus criterios se mantengan en el tiempo. En el caso de las guías colectivas, aunque cubran sus resultados con un velo más científico, el tema de la consistencia es un desafío permanente. Muchas veces la evaluación de un vino depende de la comisión donde caiga y dichas comisiones, en ciertos casos, van cambiando todos los años. Por otro lado, en este tipo de evaluaciones los vinos más jugados, más polémicos, quedan a la deriva. Como es un promedio de las distintas calificaciones de los jueces, donde muchas veces se eliminan los puntajes más altos y bajos (la famosa regla de la desviación estándar), los mejores vinos son fruto de un consenso donde se privilegia la corrección antes que el atrevimiento.
MUJER & VINO
¿Las mujeres catan mejor que los hombres? ¿O acaso catan distintos? En la industria del vino reza la máxima que las consumidoras los prefieren más dulces y suaves. Creo que no. En el caso de la periodista especializada Ana María Barahona esta sentencia no se puede aplicar. Sus gustos se pasean por golosos y suaves mezclas tintas, pero también por rudos y más ácidos Carignan. La periodista tiene sus preferencias. También sus sentimientos. Y no los oculta. En una larga presentación, la autora agradece a su equipo, amigos y familia, abriendo su corazón de par en par, sin dobleces ni pudores: “Para Maximiliano, mi hijo. Porque sigue sonriente, feliz y tan absolutamente cariñoso a pesar que su mamá le quita horas de compañía para escribir notas de cata. Para ti, mi bebé, mi malulo, mi niño amado… Nunca podría haber soñado un mejor hijo. Lo eres todo”.
Sin duda, Barahona cata con algo más que los clásicos cinco o seis sentidos. Cata con el corazón. Es decir, sus puntajes tienen razones que la razón podría no entender.
Sin embargo, además de agradecimientos, la presentación es una suerte desahogo y revancha. En rigor, ésta es la quinta edición de la autora, pero, como ella misma dice, le robaron la marca para después intentar vendérsela. En otras palabras, esta guía se reinventa. Con otro tono. Otro diseño (más sobrio, sin esas indecisas marcas de lápiz labial de su primera entrega). Y con otra metodología. Barahona ahora se lanza sola y expone sus conocimientos y gustos sin la compañía de otras mujeres en el panel. Como la trama de gotas o lágrimas que a veces dificulta su lectura, la periodista no se guarda nada: “Me comí la rabia, y decidimos crear una nueva marca, sacudirnos el desprecio y aquí ven la primera Guía Mujer & Vino de Ana María Barahona…”.
Los vinos catados fueron 1.022, correspondientes a 120 viñas chilenas. Sin embargo, de esas botellas, la guía sólo recomienda 544, aquellos que obtuvieron sobre 86 puntos. Los vinos no están ordenados por cepas ni por viñas, sino por categorías (blancos simples, blancos complejos, tintos simples, tintos complejos, premiums, íconos, rosados / espumosos / late harvest, mezclas blancas y tintas). Los mejores puntajes, además de una nota de cata, van acompañados con didáctica y despeinada armonía gastronómica del sommelier y coordinador de esta guía Ricardo Grellet. Es una publicación honesta, cercana y muy fácil de seguir.
LA CAV
La Cav: Guía de Vinos 2010 es una recopilación de los vinos degustados por la mesa de cata de la revista del mismo nombre. Esta publicación, en la solapa (pero no solapadamente) expone las razones de por qué los consumidores deben preferirla sobre otras. Entre otras consideraciones, “porque compramos todos los vinos en el mercado, lo mismo que un consumidor promedio. No aceptamos muestras de viñas”. O “porque catamos tranquilamente y durante todo el año y no en sesiones intensivas y estresantes en un par de meses”. O “porque los distintos criterios de nuestros catadores son equivalentes a los distintos gustos de los consumidores”
Estas afirmaciones son, por decir lo menos, discutibles e incluso algo contradictorias.
Al decir que compran los vinos, se infiere que las viñas pueden enviar muestras adulteradas que no corresponden a las que los consumidores pueden encontrar en las estanterías del supermercado. Si bien esto puede pasar (y seguramente ha pasado), pone en tela de juicio la honestidad de la industria del vino, donde, paradójicamente, también está inserto este club de vinos que ya cumplió 12 años de existencia. Por otro lado, no necesariamente resulta mejor o más conveniente que los vinos hayan sido catados durante el año. Los vinos son entes vivos y evolucionan con el tiempo. Un vino catado en marzo no sabrá igual que el mismo catado a final de año. Las notas tienen fecha de defunción. Una guía, a mí parecer, debe ser una foto instantánea, tomada en un período acotado de tiempo, que permita comparar y situar los vinos donde corresponde. Por último, es una falacia decir que sus catadores son equivalentes a los distintos gustos de los consumidores. La mesa de cata está compuesta por la misma Ana María Barahona, editora de vinos de La Cav, Pascual Ibáñez, sommelier de la revista, y el reconocido enólogo Sergio Correa. Es decir, son paladares profesionales y con muchos años de circo. Buenos degustadores, quienes tienen la labor de guiar y no representar los gustos de los consumidores.
Fuera de estas aprensiones, la guía está bien escrita y en un lenguaje accesible. Son más de 1.000 vinos catados y dispuestos por cepajes. Además contempla informaciones como nuevas tendencias (Boom del Carignan: bastarda con gloria, Vinos de autor: el año de la independencia, entre otras), descripción general de los cepajes y consejos para realizar un buen maridaje. Lamentablemente, se echa de menos las sugerencias de Ibáñez. En lugar de describir una armonía entre vino y comida, en la guía se opta por poner símbolos como figurines de animales, empanadas que representan la cocina chilena, quesos o crustáceos. Y se dan los casos en que un mismo vino puede tener los símbolos de un chancho, una vaca, un cordero y un ciervo, obviando los cortes, preparaciones o salsas que son cruciales para una buena armonía. Y ni hablar de las distintas variedades de quesos, que pueden ser acompañadas por frescos y sonrientes sauvignon blanc, serios tintos o hasta por exuberantes vinos dulces. Como señalamos en la introducción, en ocasiones el exceso de información confunde y no orienta.
DESCORCHADOS
Con Descorchados 2010, la guía de vinos del periodista Patricio Tapia, volvemos a poner en relieve la paradoja de la objetividad. Esta publicación representa una cierta mirada del mundo del vino. Su mirada. Sus gustos. Y sus anhelos. Pero el autor no lo esconde, sino que lo exalta. “¿Es que de verdad existe un vino mejor”, se pregunta Tapia. Y se responde: “La verdad es que yo creo que no. Que lo mejor para mí no es necesariamente es lo mejor para ustedes, que las verdades absolutas no existen en el mundo y que apenas hay algunas certezas: este vino es defectuoso, este vino no responde a su origen, este vino está hecho por el ego del enólogo o del dueño de la bodega antes que respetando la naturaleza. Más allá de eso, todo se confunde entre la cálida y sustanciosa neblina de la subjetividad, la dictadura de la subjetividad, como la conocemos. En gustos no hay nada escrito. Es cierto. Los clichés generalmente son ciertos”.
Aún así, Tapia siempre intenta alejarse de los clichés para dar una opinión directa, original y muchas veces definitiva (quizás demasiado). Su lenguaje es coloquial (escribe como habla y tal vez por eso a veces no se le entiende), tutea al lector como si fuera un cómplice de su fechorías y envuelve su trabajo en un ambiente de camaradería y buena onda. Mientras Barahona se conecta con sus sentimientos, y cata los vinos en un ambiente intimista y de soledad, Tapia intenta tender puentes hacia el mundo y prepara una pequeña fiesta. Mientras cata, se ríe de los gruesos chistes del sommelier Héctor Riquelme, comparte pescados a la parrilla con su equipo y amigos, descubre nuevas notas en los vinos y sonidos como los de Silversun Pickups y Olivia Ruiz.
A diferencia de La Cav, Tapia cata los vinos en 3 intensas semanas. Esta vez, 1.107 vinos, de los cuales recomienda 744. Los vinos son descritos por viñas en orden alfabético. Para él, los vinos no tienen que ser perfectos (porque la perfección se confunde con el aburrimiento), sino tienen que poseer carácter, ser la expresión de un lugar, tener cosas que decir. Incluso acepta algunas cochinadas o, en lenguaje técnico, notas orgánicas, de establo o de donde ustedes imaginan. También hace un juicio crítico de la realidad de los distintos cepajes (a diferencia de otras variedades, escribe merlot con minúscula) e incorpora este año una novedosa sección con verticales (distintas cosechas de un mismo vino) de emblemas como Don Melchor de Concha y Toro o nuevas celebridades como Cipreses Sauvignon Blanc de Casa Marín. Son notables, además, los maridajes de Riquelme, quien se da el trabajo de elegir un plato diferente para cada uno de los vinos recomendados. Una siempre acertada y apetitosa sugerencia.
Sin embargo, ese espíritu fresco y natural, también distrae en la lectura. La guía es una abundante ensalada de errores de tipeo e incluso más de una falta ortográfica. Incluso se cometen errores como escribir que el extraordinario Chardonnay Sol de Sol pertenece a Emilio de Solminihac, propietario de viña Santa Mónica, y no de su sobrino Felipe de Solminihac, enólogo y socio de viña Aquitania (un lapsus que seguramente fue una bocanada de aire fresco para los tradicionales vinos del tío Emilio). O, refiriéndose a los vinos de Ribera del Lago, el proyecto personal del enólogo Rafael Tirado, sostiene que Colbún se ubica en los piedemontes andinos de Cachapoal y no del Maule. Sin embargo, al igual que los vinos destacados, estos detalles le confieren un particular carácter a la guía.
GUÍA DE VINOS DE CHILE
Podríamos decir que esta guía es la antítesis de Descorchados. Después de un año sabático, esta publicación vuelve con todo con una edición que celebra el bicentenario, haciendo, como nunca, gala de su imparcialidad y rigor. Su equipo de autores, conformado por las hermanas Francisca y María Sara Sánchez, y los hermanos Pablo y Rafael Prieto (sí, también son matrimonios), expresan en su introducción: “Nos motiva de manera esencial la objetividad”.
Para esto, y al igual que La Cav, compran todos los vinos en supermercados y tiendas especializadas, y son catados por un populoso jurado compuesto mayoritariamente por enólogos. La guía es ambiciosa, extensa y a veces un poco árida. Pierden demasiadas páginas explicitando su prístina metodología. Más que una guía, parece un tratado. Contempla numerosas secciones, como capítulos dedicados al desarrollo del vino en Chile y el mundo, hitos, tendencias, mapas con las ubicaciones de las viñas, caracterizaciones de valles y cepas, enoturismo, gastronomía, incluso una enciclopédica vuelta por las principales regiones vitivinícolas del mundo que no viene mucho al caso (podrían poner el link). Por otro lado, el carácter científico, riguroso y sobriedad de su edición, se contrapone con el tono colegial de las semblanzas de los enólogos premiados.
Sin embargo, aprovechando sus ya 15 ediciones y miles de vinos catados, ofrece un riquísimo material estadístico. Los amantes de los números, como yo, se pueden entretener interpretando sus numerosos cuadros y sacar interesantes conclusiones. Por ejemplo, hay un capítulo donde se extrapolan los resultados de las catas para establecer las mejores añadas para cada cepa. También se relacionan las variedades con los valles. Y salen a la luz aspectos que se manejan en el medio, pero con un sustento estadístico.
Por ejemplo, los valles más consistentes con el Cabernet Sauvignon son Maipo y Aconcagua. Con el Carmenère, Colchagua y Maipo. Con el Chardonnay, Limarí. O bien, que los más exitosos proveedores de vinos premium son Maipo y Colchagua.
A diferencia de otras guías, utiliza copas y no puntajes. “La calidad ha subido en forma sistemática y decidimos poner cinco copas (equivalentes a 95 y más puntos)”, anuncian los autores. Y paradójicamente entre los más de 1.400 vinos catados no hay uno solo con 5 copas. La Guía de Vinos de Chile es la más tradicional de estas publicaciones y, quizás por eso mismo, peca de soberbia y gula. Pretende abarcarlo todo, nos llena de símbolos y números, y nos repite una y otra vez que representa “una opinión más consensuada y enriquecida. No sólo es la mirada de un experto, sino la mirada y palabra de varios expertos”.
Dicen que la política de los grandes acuerdos ya es cosa del pasado, pero, en fin, son los consumidores (otrora el pueblo) los que aquí tienen la última palabra.
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